Nunca hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde va.

La aparición de un primer infarto de miocardio u otra enfermedad cardíaca constituye un momento de inflexión a partir del cual nada puede ser igual que antes. El primer infarto signa la entrada en una enfermedad que es, por definición, grave, y que pone en juego el pronóstico vital. A partir de este momento el temor a padecer otro evento cardiovascular puede teñir de angustia la vida cotidiana aún en los casos en que los parámetros clínicos indiquen lo contrario.
            Las perturbaciones más frecuentemente encontradas dentro de los dos meses de ocurrido el infarto son: la irritabilidad, la impaciencia, un cansancio inhabitual y una emotividad lábil (llanto fácil ante estímulos menores).
Dos síntomas pueden ser considerados como preocupantes si persisten luego de seis meses de ocurrido el evento cardiovascular: Estos requieren atención inmediata y especializada.

  • La hostilidad exacerbada, que se desencadena ante los mínimos estímulos.
  • La existencia de una depresión, incluso menor.

Una posición hostil o una desconfianza hacia la utilidad de los cuidados necesarios y las indicaciones médicas, la depresión y el pesimismo por el futuro, pueden contribuir a un menor cumplimiento de las indicaciones del médico (alimentación, ejercicio, etc.) y de la toma de medicación, y así influir sobre la evolución posterior del cuadro.

Los factores psicosociales que influyen en la enfermedad cardiovascular y que por lo tanto deben, y pueden, ser manejados tras un infarto son: 1) la depresión, 2) la ansiedad, (3) los factores de personalidad y el carácter, 4) el estrés crónico y 5) el aislamiento social. Estos verdaderos factores de riesgo actúan tanto a nivel de las conductas como por ejemplo el tabaquismo, la obesidad y el sedentarismo, como a nivel fisiológico, incrementando los niveles de colesterol, la agregación plaquetaria o la presión arterial, entre muchos otros mecanismos.

La depresión:

Es fácil comprender por qué alguien puede estar deprimido luego de un ataque cardíaco o de una cirugía de by pass. El estrés de la internación, el miedo a otro infarto, la presencia de un sentimiento de vulnerabilidad, los múltiples interrogantes sobre el futuro, la necesidad de modificar hábitos de vida nocivos, son motivos más que suficientes.

Síntomas de depresión severa:

  • Sentimientos de tristeza y angustia la mayor parte del día, casi todos los días
  • Pérdida de interés o placer en las actividades.
  • Perturbaciones del sueño – ya sea insomnio o hipersomnia (dormir demasiado)
  • Estar “hiperacelerado” o “aplastado” al punto de que las otras personas lo noten
  • Fatiga o pérdida de energía casi todos los días
  • Sentimientos de inutilidad o excesiva culpa
  • Problemas de pensamiento o de concentración, dispersión, vaguedad al hablar.
  • Pensar excesivamente acerca de la muerte.
  • Disminución del cuidado por la apariencia personal

 

Es muy importante detectar la presencia de un estado depresivo, ya que aumenta el riesgo de padecer otro evento cardiovascular. Los pacientes deprimidos tienden a ser menos consistentes en la toma de la medicación o en adherir a un programa de rehabilitación física. Pueden tener menos soporte emocional, más estrés y menos habilidades para enfrentar las situaciones.      Además la sangre de personas deprimidas forma coágulos más fácilmente, lo que contribuye a la formación de ateromas dentro de las arterias, reduciendo el flujo sanguíneo hacia el corazón y aumentando el riesgo de un ataque cardíaco. Las posibilidades de desarrollar irregularidades en el ritmo cardíaco son también mayores.


La ansiedad:

 Puede manifestarse por diversos indicadores: nerviosismo, irritabilidad, inquietud, dificultad para quedarse quieto por ejemplo mirando una película, o necesidad de comer o fumar a cada rato. La ansiedad también influye en nuestro aparato cardiovascular a través del sistema nervioso autónomo, aumentando la frecuencia cardíaca y la presión arterial

Factores de Personalidad:

Existe un tipo de personalidad, llamada Personalidad Tipo A (PTA) que parecería contribuir a la enfermedad cardiovascular.  Se  trata de una forma de ser, de un patrón de conducta que se sintetiza usando estas cuatro letras AIAI: Ambición, Impaciencia, Agresividad, Irritabilidad. Las personas con esta personalidad viven en un esfuerzo relativamente crónico para obtener un número usualmente ilimitado de cosas de su medio ambiente en el período más corto de tiempo y generalmente en competencia con los demás.
La PTA se acompaña de tensión muscular, una forma de hablar acelerada y enfática y reacciones emocionales tales como ira, irritación y hostilidad encubierta. La ansiedad suele estar presente en casi todo momento. La familia de una persona con PTA suele verse afectada ya que las exigencias y actitudes de desvalorización hacia los demás producen serios conflictos familiares.
Se ha comprobado que la PTA tiene sus efectos en el aparato cardiovascular. Las personas con PTA demostraron tener una presión sistólica mayor y un aumento del ritmo cardíaco.

El aislamiento social:

El ser humano es gregario por naturaleza y busca establecer contacto con sus congéneres. La construcción de redes de apoyo social funciona como un eficaz amortiguador de los sinsabores de la vida, brindando apoyo y contención en los momentos difíciles. Se ha comprobado que los pacientes casados tienden a evolucionar mejor que los solteros o separados o viudos. Aquellos individuos aislados, carentes de contactos humanos significativos, de familia y/o amigos presentan un peor pronóstico, lo que se combina generalmente con estados depresivos los que, como vimos, agravan aún más la situación.

 

¿Es posible modificar estos factores de riesgo emocionales?

Entre los factores de riesgo coronarios existen los no modificables, como la edad, el sexo, los factores genéticos, y los factores modificables, como el tabaquismo, el sedentarismo y la obesidad.
Muchos pacientes piensan que ya a cierta edad es muy difícil cambiar la forma de ser. Es cierto, pero también es cierto que el cerebro tiene una propiedad maravillosa, llamada “neuroplasticidad”. O dicho en términos sencillos, la capacidad de aprender.
Siempre que aprendemos algo nuevo, sea un idioma o una forma de responder frente a una situación, nuestro cerebro está formando nuevas conexiones entre las neuronas. Muchas veces nos manejamos en el mundo con un repertorio limitado de respuestas frente a los desafíos y problemas de la vida diaria. Si somos capaces de ampliar ese espectro de reacciones, estaremos desarrollando nuevas y más eficaces herramientas para vivir.


En definitiva, se trata de aprender nuevas conductas en reemplazo de aquellos viejos comportamientos que a veces lo único que hacen, es meternos en problemas, aumentando los niveles de estrés y de infelicidad.

Para lograr estos cambios, a veces se hace necesaria una ayuda especializada, sea individual o grupal. La psicoterapia apuntará a brindarle al paciente las herramientas necesarias para manejarse de modos más saludables para el corazón, abriendo la mente a nuevas perspectivas y a nuevas experiencias para mejorar no solo la cantidad sino también la calidad de vida.  

 

 

 

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