Nunca hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde va.
La aparición de un primer infarto de miocardio u otra enfermedad cardíaca constituye un momento de inflexión a partir del cual nada puede ser igual que antes. El primer infarto signa la entrada en una enfermedad que es, por definición, grave, y que pone en juego el pronóstico vital. A partir de este momento el temor a padecer otro evento cardiovascular puede teñir de angustia la vida cotidiana aún en los casos en que los parámetros clínicos indiquen lo contrario.
Una posición hostil o una desconfianza hacia la utilidad de los cuidados necesarios y las indicaciones médicas, la depresión y el pesimismo por el futuro, pueden contribuir a un menor cumplimiento de las indicaciones del médico (alimentación, ejercicio, etc.) y de la toma de medicación, y así influir sobre la evolución posterior del cuadro. Los factores psicosociales que influyen en la enfermedad cardiovascular y que por lo tanto deben, y pueden, ser manejados tras un infarto son: 1) la depresión, 2) la ansiedad, (3) los factores de personalidad y el carácter, 4) el estrés crónico y 5) el aislamiento social. Estos verdaderos factores de riesgo actúan tanto a nivel de las conductas como por ejemplo el tabaquismo, la obesidad y el sedentarismo, como a nivel fisiológico, incrementando los niveles de colesterol, la agregación plaquetaria o la presión arterial, entre muchos otros mecanismos. La depresión: Es fácil comprender por qué alguien puede estar deprimido luego de un ataque cardíaco o de una cirugía de by pass. El estrés de la internación, el miedo a otro infarto, la presencia de un sentimiento de vulnerabilidad, los múltiples interrogantes sobre el futuro, la necesidad de modificar hábitos de vida nocivos, son motivos más que suficientes. Síntomas de depresión severa:
Es muy importante detectar la presencia de un estado depresivo, ya que aumenta el riesgo de padecer otro evento cardiovascular. Los pacientes deprimidos tienden a ser menos consistentes en la toma de la medicación o en adherir a un programa de rehabilitación física. Pueden tener menos soporte emocional, más estrés y menos habilidades para enfrentar las situaciones. Además la sangre de personas deprimidas forma coágulos más fácilmente, lo que contribuye a la formación de ateromas dentro de las arterias, reduciendo el flujo sanguíneo hacia el corazón y aumentando el riesgo de un ataque cardíaco. Las posibilidades de desarrollar irregularidades en el ritmo cardíaco son también mayores. La ansiedad: Puede manifestarse por diversos indicadores: nerviosismo, irritabilidad, inquietud, dificultad para quedarse quieto por ejemplo mirando una película, o necesidad de comer o fumar a cada rato. La ansiedad también influye en nuestro aparato cardiovascular a través del sistema nervioso autónomo, aumentando la frecuencia cardíaca y la presión arterial Factores de Personalidad: Existe un tipo de personalidad, llamada Personalidad Tipo A (PTA) que parecería contribuir a la enfermedad cardiovascular. Se trata de una forma de ser, de un patrón de conducta que se sintetiza usando estas cuatro letras AIAI: Ambición, Impaciencia, Agresividad, Irritabilidad. Las personas con esta personalidad viven en un esfuerzo relativamente crónico para obtener un número usualmente ilimitado de cosas de su medio ambiente en el período más corto de tiempo y generalmente en competencia con los demás. El aislamiento social: El ser humano es gregario por naturaleza y busca establecer contacto con sus congéneres. La construcción de redes de apoyo social funciona como un eficaz amortiguador de los sinsabores de la vida, brindando apoyo y contención en los momentos difíciles. Se ha comprobado que los pacientes casados tienden a evolucionar mejor que los solteros o separados o viudos. Aquellos individuos aislados, carentes de contactos humanos significativos, de familia y/o amigos presentan un peor pronóstico, lo que se combina generalmente con estados depresivos los que, como vimos, agravan aún más la situación.
¿Es posible modificar estos factores de riesgo emocionales? Entre los factores de riesgo coronarios existen los no modificables, como la edad, el sexo, los factores genéticos, y los factores modificables, como el tabaquismo, el sedentarismo y la obesidad.
Para lograr estos cambios, a veces se hace necesaria una ayuda especializada, sea individual o grupal. La psicoterapia apuntará a brindarle al paciente las herramientas necesarias para manejarse de modos más saludables para el corazón, abriendo la mente a nuevas perspectivas y a nuevas experiencias para mejorar no solo la cantidad sino también la calidad de vida.
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