“Sin el estrés estaríamos todos muertos”. Esta frase fue acuñada por Hans Selye en 1936. Selye fue el primer investigador que utilizó la palabra “stress” para referirse a los cambios que se producían en el organismo frente a las amenazas externas o internas, destinados a asegurar nuestra supervivencia.
El estrés no es en sí mismo, ni bueno ni malo. Cuando enfrentamos un peligro nuestro cuerpo debe realizar una serie de cambios fisiológicos para permitirnos enfrentarlo apropiadamente: atacando, o de lo contrario cuando esto no es posible, huyendo. Básicamente los cambios van a permitir que nuestro corazón bombee más sangre a los músculos, cerebro y pulmones para poder realizar las acciones de ataque – fuga destinadas a enfrentar la amenaza.
Una vez pasado el peligro, otros mecanismos fisiológicos se encargan de volver todo a la normalidad, sin dejar secuelas negativas en el organismo.
Pero, en la sociedad exigente de nuestros días, el estrés forma parte casi indisoluble de la vida. Y cuando estas respuestas fisiológicas de activación comienzan a ser una respuesta habitual, casi un modo de vida, el cuerpo empieza a dar señales de sobrecarga. En un primer momento aparecen: tensión muscular, dolores de cabeza, trastornos digestivos, irritabilidad, insomnio, etc., y posteriormente diversas enfermedades: digestivas, respiratorias, inmunitarias, cardíacas, etc. A menos que podamos aflojar la tensión que viene con el estrés regularmente, éste puede aumentar mucho nuestros riesgos de padecer enfermedades físicas o mentales.
Es uno de nuestros principales objetivos aprender herramientas que nos permitan ir modificando el repertorio de respuestas frente a la enorme cantidad de hechos estresantes que nos suceden a diario.
Aprender a cambiar de perspectiva, manejar los tiempos, desarrollar nuevas y más efectivas técnicas de comunicación interpersonal, cambiar los pensamientos negativos, aflojar la tensión muscular, son algunos de los aprendizajes básicos a los que apuntamos en nuestro Programa Reducción del Estrés |